Por Marián Albalat
Hay momentos en los que el periodismo debería detenerse. No porque falten noticias, no porque la realidad deba esconderse, sino porque hay una línea que nunca debería cruzarse: la que separa el derecho a informar del derecho de las personas a conservar su dignidad, incluso en los momentos más terribles de sus vidas.
Tras una tragedia, cuando todavía hay familias intentando asimilar que han perdido a un ser querido, algunos medios de comunicación parecen entrar en una competición por conseguir el testimonio más desgarrador, el detalle más estremecedor o la declaración capaz de provocar más impacto. Y ahí es donde el periodismo deja de cumplir su función para convertirse en un espectáculo del sufrimiento.
Un reconocido medio de ámbito nacional ha publicado recientemente unas declaraciones en las que se escucha cómo una persona relata que vio morir a los pasajeros del tren que viajaban a su lado. Un testimonio de una crudeza extraordinaria, con detalles que difícilmente puede alguien escuchar sin estremecerse.
Pero la pregunta es inevitable: ¿era realmente necesario publicarlo? ¿Qué aporta a la información conocer esos detalles? ¿A quién ayuda? ¿Qué servicio presta a la sociedad difundir semejante relato cuando hay familiares que todavía están intentando asumir la pérdida de sus seres queridos?
Una cosa es informar de una tragedia, explicar qué ha sucedido, ofrecer datos contrastados y dar voz a quienes pueden aportar información relevante. Otra muy distinta es adentrarse en los episodios más crueles del sufrimiento humano y exponerlos públicamente sin preguntarse por las consecuencias.
Porque detrás de cada víctima hay una familia. Personas que quizá todavía no han encontrado fuerzas para aceptar lo ocurrido, que están esperando noticias o que acaban de recibir la peor llamada de sus vidas. ¿Alguien piensa en ellas cuando se decide publicar un audio de estas características? ¿Alguien se plantea qué puede sentir una madre, un hijo, una pareja o un hermano al escuchar cómo fueron los últimos instantes de alguien a quien quería?
La comunicación de una muerte a sus familiares, más cuando es trágica, requiere sensibilidad y lo debe hacer un psicólogo, no un periodista. No puede convertirse en una carrera por conocer y difundir los detalles más escabrosos. Quienes trabajan en la atención a las víctimas saben que cada palabra importa y que hay informaciones que deben tratarse con una delicadeza extrema.
El periodismo tiene códigos deontológicos, principios éticos y una responsabilidad social que va mucho más allá de conseguir visitas, audiencia o repercusión. Informar no significa contarlo absolutamente todo. Y mucho menos hacerlo sin valorar el daño que puede ocasionar.
La libertad de prensa es fundamental y nadie debería cuestionarla. Pero la libertad también implica responsabilidad. No todo lo que se puede grabar debe emitirse, no todo lo que se puede preguntar merece una pregunta y no todo lo que alguien cuenta en un momento de vulnerabilidad debe convertirse automáticamente en contenido informativo.
Quizá algunos deberían volver a leer los códigos éticos de la profesión. O, simplemente, recordar algo mucho más básico: antes que periodistas, somos personas. Porque la profesión está después de la humanidad. Antes de buscar una declaración, antes de encender una grabadora y antes de pulsar el botón de publicar, debería existir una pregunta elemental: ¿es necesario hacer esto? Y si la respuesta no es clara, quizá lo más profesional, y también lo más humano, sea no hacerlo. La sociedad no necesita conocer cada detalle de la crueldad para comprender la magnitud de una desgracia. Hay límites que nunca deberían olvidarse.
La audiencia jamás debería valer más que la dignidad de las personas.

