El cambio de hora: ¿ahorro energético o tardes robadas?

26/10/2026


 

Opinión, por Marián Albalat

Cada último domingo de octubre se repite la misma escena: atrasamos el reloj una hora y, de repente, parece que el día se acaba antes. Las tardes se acortan, la oscuridad llega cuando todavía quedan horas de actividad y la sensación de que nos falta tiempo para disfrutar de la luz natural vuelve a instalarse en nuestra rutina.

Nos dicen que el cambio de hora sirve para ahorrar energía. Pero, después de tantos años repitiendo este gesto, cabe hacerse una pregunta: ¿realmente ahorramos tanta electricidad como para justificar que nos cambien los horarios dos veces al año?

Los datos invitan a cuestionar uno de los principales argumentos que sostienen esta práctica. Un metaanálisis publicado en 2018, que reunió 44 estudios científicos, situó el ahorro eléctrico medio en apenas un 0,34 %, con resultados muy diferentes según el territorio analizado. En España, además, el propio Ministerio para la Transición Ecológica reconoció en 2020 que no había estudios actualizados que permitieran confirmar un ahorro energético asociado al cambio horario.

No significa que el ahorro sea necesariamente inexistente en todos los casos, pero sí que resulta difícil defender esta medida como una herramienta eficaz si no contamos con pruebas recientes que demuestren sus beneficios reales.

La sociedad ha cambiado mucho desde que se extendió esta práctica. Consumimos energía de otra manera, utilizamos sistemas de iluminación más eficientes y nuestros hábitos cotidianos poco tienen que ver con los de hace décadas. Además, reducir el consumo de luz durante determinadas horas no garantiza un ahorro global si después necesitamos encender antes las luces o aumentar el uso de la calefacción.

Entonces, ¿por qué seguimos haciéndolo?

Cuando la tarde se convierte en noche

En lugares como la Marina Alta, donde el clima invita a disfrutar de la calle durante buena parte del año, la luz de la tarde tiene un valor especial. Es el momento de salir a pasear, practicar deporte, tomar algo en una terraza, jugar con los niños en el parque o simplemente desconectar después de una jornada de trabajo.

Con el horario de invierno, la oscuridad se adelanta en el reloj y muchas de esas actividades pasan a desarrollarse de noche. No perdemos horas de luz solar, pero sí cambiamos el momento en que podemos aprovecharlas. Y ahí está, precisamente, una de las cuestiones que menos se tienen en cuenta en este debate.

De poco sirve que amanezca antes si a esa hora estamos durmiendo, preparándonos para ir al trabajo o ya hemos comenzado nuestra jornada. Para muchas personas, la luz de primera hora tiene una utilidad limitada, mientras que disponer de más claridad por la tarde permitiría aprovechar mejor el tiempo libre.

La diferencia se nota también en la vida de los municipios. Las calles, las terrazas, los parques y las instalaciones deportivas forman parte de nuestra manera de relacionarnos. Cuando anochece antes, también cambia la forma en que disfrutamos de esos espacios.

Y no se trata únicamente de ocio. La luz natural condiciona nuestros hábitos, nuestros desplazamientos y la manera en que organizamos el día. Por eso, elegir un horario no debería ser una decisión basada exclusivamente en una supuesta reducción del consumo eléctrico.

Una medida que necesita respuestas

El debate sobre la eliminación del cambio de hora lleva años abierto, pero seguimos ajustando los relojes cada primavera y cada otoño sin que exista una solución definitiva.

La cuestión no consiste en negar que pueda haber ventajas en disponer de más luz por la mañana. El horario de invierno también tiene sus defensores y mantener una hora fija durante todo el año obligaría a decidir qué distribución de la luz resulta más conveniente. Ninguna alternativa está libre de inconvenientes.

Precisamente por eso, la decisión debería apoyarse en estudios actualizados que valoren el consumo energético, la salud, los hábitos sociales y las necesidades de la población. Si el argumento principal es ahorrar electricidad, necesitamos cifras claras que permitan comprobar si ese ahorro existe y si compensa los efectos de la medida.

No parece razonable mantener una costumbre únicamente porque se ha repetido durante décadas. Las políticas también deben adaptarse a los tiempos y revisarse cuando sus beneficios dejan de estar claros.

No queremos más horas de día, sino aprovecharlas mejor

Al final, el cambio de hora representa algo más que mover las agujas del reloj. Nos obliga a reorganizar nuestras rutinas y modifica la relación que mantenemos con la luz natural.

No podemos alargar los días, pero sí podemos debatir cómo aprovecharlos mejor. Y si el supuesto beneficio energético es tan limitado o incierto como apuntan los estudios disponibles, merece la pena preguntarse si esta práctica sigue teniendo sentido.

Quizá ha llegado el momento de dejar de dar por sentado que cambiar la hora es sinónimo de ahorrar energía y empezar a exigir datos actuales, transparentes y concluyentes.

Porque mientras seguimos esperando respuestas, cada otoño volvemos a encontrarnos con la misma escena: termina la jornada laboral, miramos por la ventana y ya casi es de noche.

Si no está demostrado que el cambio de hora nos permita ahorrar energía de manera significativa, ¿por qué seguimos aceptando que nos quite luz precisamente cuando más podemos disfrutarla?