FOTO: Instagram Dénia Ciutat del Pensament
Hay algo que llama la atención cada vez que se publica una fotografía de una nueva sesión de Dénia Ciutat del Pensament. Sobre el escenario, figuras de primer nivel: científicos, escritores, periodistas o intelectuales capaces de llenar auditorios en grandes ciudades. Frente a ellos, demasiadas veces, un puñado de asistentes dispersos entre filas de asientos vacíos.
La imagen invita a una pregunta incómoda: ¿qué está pasando?
Porque nadie puede negar la ambición del proyecto. En una época en la que muchas administraciones optan por la programación fácil y el espectáculo inmediato, Dénia decidió apostar por algo mucho más arriesgado: el pensamiento. Y eso merece reconocimiento. No todas las ciudades pueden presumir de reunir a algunas de las voces más relevantes del panorama intelectual contemporáneo.
Sin embargo, la realidad también merece ser observada sin complejos. Si el objetivo era acercar el pensamiento a la ciudadanía, algo no está terminando de funcionar.
La explicación fácil sería culpar a la sociedad. Decir que vivimos en la era de TikTok, de los vídeos de treinta segundos y de la atención fragmentada. Que ya nadie quiere escuchar una conferencia de una hora porque es más cómodo deslizar el dedo por una pantalla. Hay algo de verdad en ello, pero sería injusto convertir esa reflexión en la única respuesta.
También conviene preguntarse si quienes diseñan estos ciclos culturales conocen realmente los intereses de la población a la que se dirigen.
Porque una cosa es traer a una figura prestigiosa y otra muy distinta lograr que el ciudadano medio sienta curiosidad por escucharla. A veces parece que la programación está pensada para quienes ya forman parte del mundo académico o cultural, pero no para quienes nunca han asistido a una conferencia de filosofía, ciencia política o pensamiento contemporáneo.
Quizá el problema no sea la calidad de los ponentes. Quizá sea precisamente lo contrario. Tal vez se ha confundido excelencia con accesibilidad.
La cultura no debería consistir únicamente en ofrecer contenidos de alto nivel. También debería ser capaz de tender puentes. De generar interés. De despertar preguntas. De hacer sentir a la gente que aquello que sucede sobre el escenario también tiene algo que ver con sus vidas.
Hay otra cuestión que tampoco puede ignorarse. Toda iniciativa pública debe aceptar el escrutinio ciudadano. Cuando se invierten recursos municipales para traer conferenciantes de prestigio, resulta lógico preguntarse por el retorno social de esa inversión. No necesariamente en términos económicos, pero sí en participación, impacto y capacidad de generar comunidad.
Y ahí las imágenes de algunas sesiones vuelven a hablar por sí solas.
Quizá el verdadero debate no sea si Dénia debe seguir apostando por el pensamiento. La respuesta debería ser un rotundo sí. Las ciudades también necesitan espacios para reflexionar, debatir y cuestionarse a sí mismas.
La cuestión es otra: ¿cómo conseguir que el pensamiento deje de ser un acto para convencidos y se convierta en una cita atractiva para una parte más amplia de la sociedad?
Porque una ciudad que piensa es una ciudad mejor. Pero una ciudad que piensa sola corre el riesgo de acabar hablándose únicamente a sí misma.

