Nos dijeron que estudiáramos y trabajáramos duro. ¿Por qué ya no es suficiente?

16/10/2026


Opinión, Marián Albalat

Durante años nos repitieron el mismo mensaje: estudia, fórmate, encuentra un trabajo, esfuérzate y tendrás un futuro mejor. Parecía una fórmula sencilla. No prometía una vida de lujos ni una riqueza extraordinaria, sino algo mucho más básico: poder independizarte, tener una vivienda, formar una familia si lo deseabas y vivir con cierta tranquilidad.

Nuestros padres y abuelos crecieron con esa idea. Trabajar era la manera de salir adelante. Estudiar abría puertas. Ahorrar permitía construir un futuro. Y, aunque nunca fue fácil para todo el mundo, existía la percepción de que el esfuerzo podía traducirse en oportunidades. Hoy, sin embargo, muchos jóvenes se hacen una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando haces todo lo que te han dicho que debías hacer y, aun así, no llegas?

Estudian durante años, encadenan títulos, realizan prácticas, aceptan sus primeros empleos y trabajan tantas horas como pueden. Algunos consiguen contratos estables; otros pasan de un empleo temporal a otro. Y cuando finalmente reciben una nómina, descubren que una parte considerable de sus ingresos puede desaparecer en el alquiler de una habitación.

La independencia, que debería ser una etapa natural de la vida adulta, se convierte así en una meta que muchos tienen que aplazar.

No se trata de afirmar que todas las generaciones anteriores vivieron mejor ni de idealizar un pasado que también estuvo marcado por dificultades, desigualdades y sacrificios. Se trata de reconocer que las condiciones para construir un proyecto de vida han cambiado y que las respuestas de siempre no parecen suficientes para afrontar los problemas actuales.

Trabajar ya no siempre significa vivir con tranquilidad

En España, el acceso a la vivienda se ha convertido en uno de los grandes obstáculos para quienes intentan empezar una vida independiente. Los precios del alquiler y de compra, especialmente en determinadas ciudades y zonas turísticas, avanzan muy por encima de las posibilidades de muchas personas que dependen de un salario.

Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: podemos tener empleo y, sin embargo, no disponer de recursos suficientes para vivir por nuestra cuenta.

Tener trabajo debería proporcionar autonomía, seguridad y la posibilidad de planificar el futuro. Sin embargo, cuando pagar un alquiler absorbe buena parte de los ingresos, ahorrar para una entrada hipotecaria parece una misión imposible. Cuando los contratos no ofrecen estabilidad, hacer planes a largo plazo se convierte en una apuesta. Y cuando cada gasto inesperado obliga a revisar las cuentas, la sensación de progreso se desvanece.

La cuestión no es que los jóvenes quieran vivir mejor que sus padres. Es que muchos aspiran a algo bastante más sencillo: poder mantenerse con su propio trabajo. Porque ¿de qué sirve hablar de oportunidades si quienes se esfuerzan no pueden acceder a unas condiciones mínimas para desarrollar su vida?

Una generación obligada a posponer sus planes

La dificultad para emanciparse no afecta únicamente a la vivienda. También condiciona las decisiones personales, las relaciones, la posibilidad de formar una familia y hasta la libertad para cambiar de empleo o emprender.

Quien no puede permitirse vivir por su cuenta depende durante más tiempo de su familia. Quien no tiene ahorros suficientes puede verse obligado a permanecer en un trabajo que no le satisface. Quien no sabe cuánto costará su vida dentro de un año difícilmente puede tomar decisiones importantes con tranquilidad. Y así, poco a poco, los planes se posponen.

Primero será cuando termine los estudios. Después, cuando encuentre un trabajo mejor. Más adelante, cuando pueda ahorrar. Y finalmente, cuando los precios permitan dar el paso. El problema es que ese momento no siempre llega.

Según el Instituto Nacional de Estadística, el 67,1 % de las personas de entre 18 y 34 años vivía con alguno de sus progenitores en 2025. Detrás de esta cifra hay situaciones muy distintas, pero también una realidad que merece atención: para una parte de la juventud, abandonar el hogar familiar no depende únicamente de querer hacerlo.

No deberíamos confundir la permanencia en casa con la falta de ambición, ni interpretar las dificultades económicas como una falta de esfuerzo. A veces, el problema no está en que una persona no se esfuerce lo suficiente, sino en que las condiciones que la rodean hacen cada vez más difícil que ese esfuerzo dé resultados.

¿Qué futuro estamos construyendo?

Este debate no afecta únicamente a los jóvenes. También interpela a las administraciones, a las empresas y al conjunto de la sociedad.

Si queremos que las nuevas generaciones se formen, trabajen, emprendan y contribuyan al sostenimiento del país, debemos preguntarnos qué condiciones les ofrecemos para hacerlo. Si reclamamos más natalidad, tendremos que hablar de vivienda asequible, conciliación y estabilidad laboral. Si pedimos que los jóvenes vivan y trabajen en nuestros municipios, tendremos que facilitar que puedan permitirse residir en ellos.

Y si aspiramos a una economía próspera, no basta con observar los grandes indicadores. También debemos mirar qué sucede en los hogares, cuánto cuesta vivir y qué posibilidades reales tiene una persona de construir su futuro con sus propios ingresos.

El crecimiento económico pierde parte de su sentido cuando no se traduce en mejores condiciones de vida para una parte importante de la población.

Estudiar sigue siendo importante. Trabajar también. El esfuerzo continúa teniendo valor. No se trata de prometer que todo será fácil, sino de evitar que lo básico se convierta en un privilegio. Y ahí los políticos tienen mucho que cambiar. Porque una sociedad no puede pedir a sus jóvenes que construyan el futuro mientras les pone cada vez más difícil construir el suyo propio.