Artículo de opinión | Javier Llull, director de Vistanova TV
Hoy ha sido uno de esos días difíciles de olvidar. Como director de Vistanova TV, he tenido la oportunidad de estar en el kilómetro cero de esta catástrofe, recorrer las calles afectadas, hablar con los vecinos y comprobar con mis propios ojos el destrozo que la DANA ha dejado en distintos puntos de la Marina Alta.
Y os aseguro que una cosa es ver las imágenes por televisión y otra muy distinta es estar allí.
He visto viviendas con marcas de agua que alcanzaban casi el metro y medio de altura. Comercios completamente anegados, vehículos destrozados, calles cubiertas de barro y familias que, todavía conmocionadas, intentaban comprender lo que acababa de suceder. Personas que han visto cómo el agua entraba en sus casas y arrasaba en cuestión de minutos aquello que tanto esfuerzo les había costado conseguir.
Es difícil encontrar palabras cuando estás delante de alguien que acaba de perder buena parte de lo que tiene.
Afortunadamente, según la información de la que disponemos, no tenemos que lamentar víctimas mortales en la Marina Alta. Una circunstancia que debemos agradecer, especialmente después de comprobar la violencia con la que ha irrumpido el agua. Lamentablemente, en la vecina localidad de Oliva sí se ha comunicado una víctima mortal, una pérdida que nos recuerda la verdadera dimensión humana de esta tragedia.
Pero mientras recorría las zonas afectadas había una imagen que me resultaba especialmente familiar. Una imagen que nos devuelve inevitablemente a octubre de 2007.
Las cañas. Otra vez las malditas cañas.
Diecinueve años después de aquella histórica riada, el río Girona ha vuelto a desbordarse. Y nuevamente nos encontramos ante el problema de la acumulación de cañas y restos vegetales en puntos críticos de su recorrido.
Hablamos de la caña común, Arundo donax, una especie invasora que coloniza nuestros cauces y que, durante las crecidas, puede ser arrastrada por la corriente hasta acumularse contra los puentes, dificultando el paso del agua.
Lo ocurrido hoy obliga a investigar si esa acumulación ha contribuido al desbordamiento y en qué medida. Porque, si se confirma que las cañas han actuado como un tapón, estaremos ante un problema conocido que debería haberse abordado mucho antes.
Y aquí es donde aparece mi indignación.
¿De verdad no hemos aprendido nada desde 2007?
Han pasado diecinueve años. Diecinueve años de informes, administraciones, presupuestos, reuniones y promesas. Tiempo más que suficiente para estudiar los puntos críticos del río Girona, evaluar sus riesgos y desarrollar las actuaciones preventivas necesarias.
Nadie puede impedir que llueva torrencialmente. Nadie puede controlar una DANA. Pero sí podemos exigir que los organismos competentes hagan todo lo que esté en sus manos para reducir sus consecuencias.
Y uno de esos organismos es la Confederación Hidrográfica del Júcar.
La Confederación, dependiente del Gobierno de España, debe dar explicaciones sobre las actuaciones de conservación y gestión realizadas en el cauce del río Girona. Queremos saber cuándo se inspeccionó por última vez, qué medidas se han adoptado contra la proliferación de especies invasoras, qué puntos de riesgo estaban identificados y qué inversiones se han ejecutado para prevenir situaciones como la que hemos vivido hoy.
Porque no basta con aparecer después de la catástrofe. La verdadera gestión empieza mucho antes de que caiga la primera gota.
No estoy reclamando que se arrase indiscriminadamente la vegetación de nuestros ríos. La vegetación autóctona cumple una función ambiental fundamental. Estoy reclamando planificación, mantenimiento técnico, control de especies invasoras y actuaciones concretas donde exista riesgo de obstrucción.
Y, sobre todo, estoy reclamando responsabilidades.
Si los informes técnicos determinan que una falta de mantenimiento o una actuación preventiva insuficiente han contribuido a agravar esta inundación, alguien tendrá que responder por ello.
Porque detrás de cada expediente, de cada presupuesto no ejecutado o de cada actuación pendiente hay personas. Personas como las que hoy he visto sacando muebles empapados de sus viviendas, intentando recuperar mercancía de sus negocios o mirando con impotencia los daños que ha dejado el agua.
Esas personas merecen algo más que palabras de solidaridad.
Merecen respuestas.
También quiero reconocer el enorme trabajo que están realizando los servicios de emergencias, los bomberos, las fuerzas de seguridad, los operarios municipales, los equipos de limpieza y todos los voluntarios que se están dejando la piel para ayudar a sus vecinos. He podido comprobar sobre el terreno el esfuerzo que supone intervenir en unas condiciones tan complicadas.
Hoy debemos estar al lado de los afectados. Ayudarles, facilitarles todos los recursos posibles y actuar con rapidez para que recuperen cuanto antes la normalidad. Las ayudas deben llegar pronto y sin convertir cada necesidad urgente en una carrera de obstáculos burocráticos.
Pero cuando el barro desaparezca de nuestras calles, no podemos permitir que también desaparezcan las preguntas.
Porque eso es precisamente lo que más me preocupa.
Que dentro de unas semanas dejemos de hablar de lo ocurrido. Que dentro de unos meses todo vuelva a parecer normal. Que las cañas sigan creciendo, que los puntos críticos continúen sin una solución adecuada y que, cuando llegue la próxima DANA, volvamos a encontrarnos exactamente en la misma situación.
No podemos normalizar que cada episodio de lluvias torrenciales se convierta en una amenaza para cientos de familias.
La Marina Alta necesita una estrategia real y permanente de prevención de inundaciones. Necesita inversiones, mantenimiento, vigilancia de sus cauces y una coordinación efectiva entre todas las administraciones competentes.
Y necesita que se expliquen las decisiones que se han tomado y, especialmente, las que se han dejado de tomar.
Hoy he visto demasiada tristeza, demasiada impotencia y demasiado sufrimiento como para conformarme con que todo quede en una sucesión de comunicados institucionales.
No escribo estas líneas desde un despacho. Las escribo después de haber estado allí, de haber pisado el barro y de haber mirado a los ojos a personas que no saben por dónde empezar a reconstruir sus casas o sus negocios.
Y precisamente por eso creo que tenemos la obligación de no olvidar lo sucedido.
Porque el agua puede volver. Las lluvias torrenciales volverán. Y si no corregimos los problemas que ya conocemos, también pueden repetirse sus consecuencias.
En 2007 ya tuvimos una advertencia terrible. Hoy, diecinueve años después, la historia nos ha vuelto a golpear.
Ojalá esta vez no tengamos que esperar a la próxima riada para actuar.
Porque las cañas volverán a crecer. Lo que no puede seguir creciendo es la indiferencia.
Javier Llull
Director de Vistanova TV