El verano empieza a despedirse y el calendario marca uno de esos momentos en los que la naturaleza parece detenerse por un instante. Este martes 22 de septiembre, a las 20:05 horas (hora peninsular española), tiene lugar el equinoccio de otoño, el instante astronómico que da comienzo a esta nueva estación en el hemisferio norte. Con él llega un cambio que va mucho más allá de las hojas que empiezan a caer o de las tardes que poco a poco se hacen más cortas.
El equinoccio se produce cuando el Sol se sitúa sobre el ecuador terrestre y el día y la noche tienen una duración prácticamente igual. A partir de este momento, en el hemisferio norte, la luz diurna comienza a perder terreno frente a la noche hasta alcanzar su mínimo con la llegada del solsticio de invierno.
Menos luz, nuevos ritmos
El cambio en las horas de luz tiene una influencia directa sobre nuestro organismo. El cuerpo humano funciona siguiendo ritmos circadianos, ciclos internos que regulan procesos como el sueño, la temperatura corporal, el apetito y determinados niveles hormonales.
Con menos horas de luz natural, el organismo recibe nuevas señales para adaptar estos ritmos. La melatonina, una hormona relacionada con el sueño, está especialmente vinculada a los ciclos de luz y oscuridad. Por eso, durante esta transición algunas personas pueden notar cambios en sus horarios de sueño, mayor somnolencia o cierta dificultad para adaptarse al nuevo ritmo.
No significa que el equinoccio provoque por sí mismo un cambio brusco en nuestro estado de ánimo, pero la reducción progresiva de la luz puede influir en cómo nos sentimos.
El otoño también se nota por dentro
El cambio de estación puede venir acompañado de una sensación de cansancio, menor energía o necesidad de dormir más. En algunas personas, la disminución de la exposición a la luz natural también puede afectar al estado de ánimo.
Estos efectos son especialmente relevantes en quienes son sensibles a los cambios estacionales. En los casos más intensos y persistentes puede aparecer el trastorno afectivo estacional, una alteración relacionada con determinadas épocas del año y que debe diferenciarse de la habitual sensación de adaptación al cambio de estación.
La luz solar, además, participa en procesos relacionados con la producción de vitamina D. Sin embargo, los niveles de esta vitamina dependen de numerosos factores, por lo que no puede atribuirse un déficit únicamente a la llegada del otoño.
Una transformación que también cambia nuestras costumbres
El equinoccio no solo modifica la cantidad de luz que recibimos. También transforma nuestra relación con el entorno. Las temperaturas comienzan a descender, cambian los horarios de muchas actividades al aire libre y las tardes invitan progresivamente a buscar espacios más recogidos.
Nuestro comportamiento se adapta, casi sin darnos cuenta, a ese nuevo escenario. Acostumbrados durante meses a días largos y luminosos, empezamos a reorganizar rutinas, horarios de descanso y actividades.
El equilibrio que marca el cambio
El equinoccio representa, en definitiva, un punto de equilibrio entre la luz y la oscuridad. Es un fenómeno astronómico que ocurre cada año, pero que también sirve como recordatorio de que nuestro organismo vive conectado con los ciclos naturales.
El otoño llega así sin necesidad de anunciarse: con amaneceres algo más tardíos, atardeceres que se adelantan y una luz diferente que transforma poco a poco el paisaje. Para el cuerpo humano comienza también un periodo de adaptación, en el que mantener horarios regulares de sueño, aprovechar las horas de luz natural y continuar con la actividad física puede ayudar a acompañar el cambio de estación.