Opinión. Marián Albalat
Hay patrimonios que se contemplan. Se visitan, se fotografían, se protegen. Y hay otros que, además de todo eso, se escuchan. Patrimonios que caminan por las calles, que llenan plazas, que despiertan recuerdos y que, sin pedir permiso, consiguen que quien los encuentra sonría. Dénia tiene uno de ellos.
Su Banda de Música es mucho más que una formación de músicos. Es parte de la identidad de la ciudad, una de esas riquezas que quizá solo se comprenden de verdad cuando se ven pasar. Cuando los primeros compases comienzan a llenar el aire y, poco a poco, las miradas se giran. Alguien sonríe. Otro se detiene. Un niño abre los ojos con curiosidad. Y, casi sin darse cuenta, alguien empieza a mover el pie al ritmo de la música. Eso también es patrimonio.
Bajo la dirección de Javier Pinto, la Banda representa una hermosa mezcla de generaciones. Jóvenes que encuentran en la música un camino, músicos experimentados que llevan años haciendo de cada partitura una parte de su propia historia, y una misma pasión capaz de unir edades, sensibilidades y experiencias diferentes. Quizá ahí reside una de sus mayores grandezas: la música no entiende de edades.
En una época en la que tantas cosas parecen diseñadas para pasar deprisa, una banda de música obliga a detenerse. A escuchar. A mirar. A compartir durante unos minutos algo que pertenece a todos. Porque cuando una banda toca en la calle, la música deja de estar encerrada entre cuatro paredes y se convierte en patrimonio colectivo. Y Dénia sabe bien lo que significa.
Está en sus fiestas, en sus celebraciones, en sus tradiciones y en esos momentos aparentemente sencillos que terminan formando parte de la memoria de una ciudad. Está en quien reconoce una melodía a los primeros compases. En quien recuerda a sus padres o a sus abuelos escuchando aquella misma música. En quien descubre, quizá por primera vez, que detrás de cada instrumento hay horas de estudio, esfuerzo, disciplina y una enorme vocación. Una banda no aparece por casualidad.
Detrás de cada concierto hay ensayos. Detrás de cada interpretación hay sacrificios. Detrás de cada joven músico hay familias, profesores y compañeros. Y detrás de cada músico veterano hay años de dedicación, de escenarios, de calles recorridas y de partituras que han acompañado a varias generaciones.
Por eso sería un error contemplar la banda únicamente como un elemento más de nuestras fiestas. Es cultura. Es educación. Es tradición. Es convivencia. Y también es futuro.
Porque quizá una de las imágenes más bonitas que puede ofrecer una ciudad es la de sus jóvenes compartiendo música con quienes llevan décadas haciéndola. Los unos aprendiendo de los otros. Los otros encontrando en los más jóvenes el motivo para seguir adelante. Y entonces sucede algo extraordinario: la ciudad escucha.
Escucha cuando la banda avanza. Escucha desde un balcón, desde una terraza, desde una esquina. Escucha quien conoce a uno de los músicos y quien no conoce a ninguno. Escucha el vecino de toda la vida y escucha también quien acaba de llegar a Dénia. Durante unos minutos, todos forman parte de lo mismo. ¿Cuántas cosas consiguen hoy reunir a una ciudad de esa manera?
La música tiene esa capacidad casi mágica de atravesar las diferencias y llegar directamente a la emoción. No necesita traducción. No necesita explicación. Un pasodoble puede despertar una sonrisa. Una marcha puede hacer que el cuerpo se mueva. Una melodía puede devolvernos, en apenas unos segundos, a un lugar o a una persona que creíamos olvidados. Y eso tiene un valor incalculable.
Por eso, cuando la Banda de Dénia pasa por nuestras calles, conviene no mirar hacia otro lado. Conviene detenerse un instante. Escuchar. Aplaudir. Reconocer el esfuerzo que hay detrás de cada nota.
Porque Dénia no solo tiene patrimonio en sus monumentos, en su castillo, en su paisaje o en su historia. También lo tiene en las personas que mantienen vivas sus tradiciones y en quienes consiguen que la cultura siga sonando.
Y mientras haya jóvenes dispuestos a aprender, profesores dispuestos a enseñar y directores como Javier Pinto capaces de conducir ese talento colectivo, habrá una ciudad que seguirá teniendo algo que no se puede comprar ni construir con ladrillos: una banda que pone música a su memoria y alegría a sus calles.
Quizá esa sea una de las formas más hermosas de querer una ciudad: hacer que suene.