OPINIÓN. Marián Albalat
A simple vista, las quedadas de breakdance de los años ochenta y los actuales concursos de farmear aura parecen pertenecer a dos universos completamente distintos. Separados por varias décadas, diferentes modas y nuevas formas de entender el ocio, ambos fenómenos comparten, sin embargo, un elemento fundamental: la competición presencial como forma de expresión y reconocimiento social.
En aquella década, las calles, plazas y espacios juveniles se convirtieron en escenarios improvisados para las batallas de breakdance. Los bailarines se colocaban frente a frente y, al ritmo de la música, trataban de superar al rival con movimientos cada vez más espectaculares. No solo estaba en juego la técnica. También contaban la creatividad, el estilo y la capacidad de conectar con el público.
Era una competición, pero también una forma de pertenencia. Las quedadas reunían a jóvenes con intereses comunes y permitían construir una identidad colectiva alrededor de la música, el baile y la cultura urbana. El reconocimiento no llegaba a través de una pantalla, sino de las personas que estaban allí, observando y reaccionando en directo.
Décadas después, los concursos de farmear aura recuperan, aunque de una manera muy diferente, parte de esa dinámica. Los participantes vuelven a encontrarse cara a cara para competir y demostrar quién posee mayor presencia, seguridad o capacidad para llamar la atención. Ya no hace falta ejecutar un movimiento acrobático para convertirse en el protagonista: una actitud, una mirada, una pose o una determinada manera de desenvolverse pueden ser suficientes.
La comparación resulta interesante porque pone de manifiesto que las formas de competir evolucionan, pero la necesidad de destacar permanece. El bailarín de aquella generación buscaba provocar una reacción con su actuación; quien participa hoy en un concurso de aura persigue algo parecido: captar la atención de quienes tiene delante y obtener su reconocimiento.
Hay, eso sí, una diferencia sustancial. El breakdance exige un aprendizaje técnico y un entrenamiento físico evidentes. Detrás de una actuación de apenas unos minutos podía haber años de práctica. El farmeo de aura, en cambio, juega más con la personalidad, la improvisación y la puesta en escena. Son habilidades distintas, pero ambas requieren comprender algo esencial: cómo convertirse en el centro de atención.
También conviene evitar la tentación de presentar el pasado como una época más auténtica y el presente como una versión superficial de aquella cultura. Las batallas de breakdance también estaban marcadas por la rivalidad, el ego y el deseo de demostrar quién era el mejor. Del mismo modo, los concursos de aura pueden entenderse como una expresión lúdica de la cultura juvenil actual.
Quizá la principal diferencia se encuentre en el lenguaje. En aquella época, el cuerpo hablaba a través del baile. Hoy, el cuerpo puede hablar a través de gestos, poses y actitudes. Ha cambiado el código, pero no el escenario: las personas siguen reuniéndose para observar, competir y decidir quién consigue destacar.
En definitiva, comparar una quedada de breakdance de aquellos años con un concurso actual de farmear aura permite observar cómo cambian las generaciones sin que necesariamente cambien sus necesidades básicas. Antes se competía por ser el mejor bailarín; ahora se puede competir por ser quien tiene más presencia.
Puede que dentro de cuarenta años estas modas resulten tan extrañas para los jóvenes del futuro como hoy nos parecen algunas expresiones de aquella época. Pero probablemente la escena se repetirá: un grupo de jóvenes reunidos, un público alrededor y alguien intentando demostrar que, durante unos minutos, es el que más merece ser mirado.