Opinión, por Marián Albalat
Cada verano asistimos al mismo ritual. Las altas temperaturas, el viento y la sequía convierten cualquier columna de humo en motivo de preocupación. Los medios de comunicación abren sus informativos con imágenes de helicópteros descargando agua, bomberos luchando contra las llamas y vecinos desalojados. Las redes sociales se llenan de mensajes de apoyo y de llamamientos a proteger nuestros bosques.
Pero cuando llega el otoño, el monte vuelve a caer en el olvido.
Es una realidad incómoda: nos preocupamos por los incendios cuando el fuego ya está fuera de control, pero prestamos mucha menos atención a todo lo que podría hacerse para evitar que se produzcan o para minimizar sus consecuencias. Y, sin embargo, la verdadera lucha contra los incendios comienza mucho antes de que aparezca la primera chispa.
Prevenir no es tan espectacular como apagar un incendio. No genera imágenes impactantes ni ocupa portadas. Limpiar montes, mantener cortafuegos, abrir pistas forestales, instalar depósitos de agua para helicópteros o gestionar adecuadamente la masa forestal son actuaciones silenciosas que apenas llaman la atención. Pero son, probablemente, las más importantes.
El abandono del mundo rural tampoco ayuda. Durante décadas, el campo ha dejado de cuidarse como antes. Los bancales se han cubierto de matorral, los caminos se han perdido entre la vegetación y muchas zonas forestales acumulan una enorme cantidad de combustible vegetal. Cuando llega el fuego, encuentra un escenario perfecto para propagarse.
A ello se suma una realidad cada vez más evidente: el cambio climático. Los veranos son más largos, más secos y más calurosos. La temporada de alto riesgo ya no se limita a julio y agosto; comienza antes y termina después. Lo excepcional empieza a convertirse en habitual.
Por eso resulta insuficiente reaccionar únicamente cuando aparecen las llamas. La prevención debería ser una política permanente, no una respuesta estacional. Invertir en trabajos forestales, dotar de más medios a los servicios de emergencia, mejorar los planes de evacuación o impulsar campañas de concienciación cuesta dinero, sí. Pero siempre costará menos que reconstruir un paisaje arrasado, recuperar un ecosistema perdido o lamentar vidas humanas.
También los ciudadanos tenemos nuestra parte de responsabilidad. Una colilla mal apagada, una quema incontrolada o un simple descuido pueden desencadenar una tragedia. Cuidar el monte no consiste solo en disfrutar de él durante una excursión; implica respetarlo todos los días del año.
Porque un bosque no se protege únicamente cuando llegan los aviones y los helicópteros. Se protege cuando se limpia en invierno, cuando se mantiene en primavera y cuando se planifica pensando en el futuro o contribuyendo a que el pastoreo no desaparezca.
Quizá deberíamos cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos por qué arde el monte cada verano, convendría preguntarnos qué hemos hecho durante los once meses anteriores para evitar que ocurriera.
Porque el mejor incendio es el que nunca llega a declararse. Y esa victoria, aunque no salga en los titulares, es la que realmente merece la pena.