Opinión, por Marián Albalat
Hubo un tiempo en el que las fotografías eran un reflejo de un instante vivido. Después llegaron los filtros, los retoques y las redes sociales, que convirtieron la apariencia en una versión mejorada de la realidad. Ahora, con la inteligencia artificial, hemos dado un paso más: ya ni siquiera hace falta haber estado en un lugar para demostrar que "estuviste allí".
Cuando ya pensabamos que esas caras y cuerpos habían alcanzado "la perfeccción", resulta que ahora también pueden tocar el cielo "viajando donde y con quien quieran". Hoy cualquiera puede aparecer paseando por la Quinta Avenida de Nueva York, tomando un café frente a la Torre Eiffel, navegando por las Maldivas o compartiendo una sonrisa con un actor de Hollywood. Todo ello sin levantarse del sofá de casa. Bastan unos minutos y una aplicación para fabricar una realidad alternativa prácticamente indistinguible de una fotografía auténtica.
La tecnología no es el problema. La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria con aplicaciones que pueden revolucionar la medicina, la educación, la investigación o la productividad. El problema surge cuando se utiliza para construir una ficción destinada a hacerse pasar por realidad.
Porque esas imágenes no solo engañan. También alimentan un modelo de vida inalcanzable. El espectador desconoce que ese viaje nunca existió, que ese encuentro con un famoso jamás ocurrió o que esa escena idílica ha sido generada por un algoritmo. Lo que percibe es una vida aparentemente perfecta, llena de experiencias exclusivas, éxito y felicidad.
Y ahí aparece una consecuencia silenciosa, pero muy real: la frustración.
Especialmente entre los más jóvenes, las redes sociales ya generan una constante comparación con vidas que, muchas veces, solo muestran su mejor cara. Si ahora añadimos la capacidad de inventar por completo esas experiencias, la frontera entre lo real y lo ficticio desaparece casi por completo. El resultado es una competición imposible contra personas que ni siquiera están mostrando su verdadera vida.
La inteligencia artificial no debería convertirse en una fábrica de apariencias. Del mismo modo que la publicidad está obligada a identificar claramente un contenido patrocinado, las imágenes creadas o alteradas mediante IA deberían incorporar una identificación visible y permanente que informe al usuario de que aquello no es una fotografía real.
No se trata de limitar la creatividad ni de demonizar una tecnología que apenas está empezando a mostrar todo su potencial. Se trata de proteger el derecho de los ciudadanos a saber cuándo están viendo una recreación y cuándo un hecho. La transparencia nunca debería ser opcional.
Porque cuando la mentira resulta imposible de distinguir de la realidad, la confianza se resiente. Y sin confianza, las redes sociales dejan de ser un escaparate de experiencias para convertirse en un escenario donde cualquiera puede construir la vida que siempre quiso tener, aunque nunca la haya vivido.
La inteligencia artificial ha llegado para quedarse. La cuestión no es si debemos utilizarla, sino si estamos dispuestos a aceptar que la ficción se disfrace de realidad sin advertirnos de ello. Si una imagen ha sido creada por una máquina, el público tiene derecho a saberlo. No para desconfiar de la tecnología, sino para seguir confiando en la verdad.