Once años dan para mucho. Para aciertos, para errores, para proyectos cumplidos y para promesas que se quedan en el cajón. También dan para dejar una huella en una ciudad. Ahora que Vicent Grimalt abandona la Alcaldía de Dénia, es un buen momento para analizar qué legado deja tras más de una década al frente del Ayuntamiento.
Y probablemente la mejor definición de su mandato sea esta: ha sido un alcalde de las pequeñas cosas.
Grimalt ha sido un alcalde cercano. Un alcalde que conocía los problemas cotidianos de los vecinos. El alcalde al que muchos ciudadanos acudían cuando tenían una incidencia en su calle, una farola fundida, un problema de limpieza, una cuestión urbanística o una gestión administrativa que se había enquistado. En ese terreno se movía con comodidad. Su principal fortaleza ha sido la proximidad y la capacidad de transmitir que estaba al alcance de la gente.
Ese perfil explica buena parte de su éxito electoral. Porque la política municipal no siempre se mide en grandes infraestructuras. Muchas veces se mide en la capacidad de resolver los problemas diarios de quienes viven en la ciudad. Y ahí sería injusto negar que Grimalt ha sabido conectar con una parte importante de la ciudadanía.
Sin embargo, gobernar una ciudad durante once años exige algo más que gestionar el día a día.
Exige dejar una transformación.
Y es precisamente ahí donde aparecen las sombras de su legado.
Porque cuando uno observa la Dénia de 2026 y la compara con la Dénia que recibió en 2015, cuesta identificar grandes proyectos estructurales que hayan cambiado el futuro de la ciudad. Cuesta señalar una infraestructura emblemática, una actuación estratégica o una conquista histórica capaz de marcar un antes y un después.
Además, durante estos años se ha instalado una cierta tendencia a atribuir al actual gobierno proyectos que, en realidad, venían heredados de etapas anteriores. La remodelación de la plaza Archiduque Carlos, antigua estación de autobuses, o la recuperación de la antigua lonja, hoy convertida en Museo del Mar, son actuaciones cuya gestación y planificación arrancaron durante el mandato de Ana Kringe. Grimalt tuvo el mérito de culminarlas y ejecutarlas, pero difícilmente pueden considerarse proyectos nacidos de su visión política o de su iniciativa de gobierno.
Si hablamos de proyectos genuinamente vinculados a su etapa, probablemente destaquen tres: la nueva biblioteca, la peatonalización de Marqués de Campo y la plaza María Hervás.
La biblioteca constituye, posiblemente, la actuación más relevante y menos discutida de todo su mandato. Una infraestructura necesaria, demandada y que aporta un valor evidente a la ciudad.
No ocurre lo mismo con las otras dos grandes actuaciones urbanísticas.
La peatonalización de Marqués de Campo ha sido presentada como uno de los grandes símbolos de la transformación urbana de Dénia. Sin embargo, sigue generando debate años después de su ejecución. Existe un sector importante del comercio local que considera que la eliminación de aparcamientos en el centro ha tenido consecuencias negativas sobre la actividad económica de la principal arteria comercial de la ciudad y de las calles adyacentes, incluyendo el Mercat Municipal. Aunque también cuenta con defensores, resulta innegable que es una actuación que no ha conseguido un consenso social amplio.
Más controvertida todavía ha sido la plaza María Hervás. Concebida como una gran intervención urbana para regenerar un espacio céntrico, la realidad es que sigue despertando incomprensión entre muchos vecinos. La imagen de una estructura metálica de grandes dimensiones en pleno centro urbano continúa siendo objeto de críticas frecuentes. A ello se suma el debate sobre su coste, superior a los dos millones de euros, una cifra que muchos ciudadanos consideran desproporcionada para el resultado obtenido.
Pero más allá de estas actuaciones concretas, la cuestión de fondo sigue siendo la misma.
Dénia continúa sin disponer de un auditorio de referencia. Una ciudad de más de 50.000 habitantes, capital comarcal y referente turístico internacional, sigue sin contar con un espacio cultural de gran formato acorde a su importancia. Asociaciones, empresas y colectivos continúan recurriendo a instalaciones privadas cuando necesitan desarrollar actos de cierta envergadura.
Tampoco ha llegado el segundo centro de salud. Ni la segunda residencia para mayores. Ni un pabellón deportivo moderno y dimensionado para las necesidades actuales. Ni una solución definitiva a los problemas de movilidad mediante una ronda norte que conecte adecuadamente la ciudad con el puerto.
Es cierto que muchas de estas competencias no dependen exclusivamente del Ayuntamiento. Pero precisamente ahí es donde se mide también la capacidad política de un alcalde: en su habilidad para reivindicar, negociar y conseguir que otras administraciones atiendan las necesidades de su municipio.
Porque la política municipal no consiste únicamente en gestionar lo existente. También consiste en construir el futuro.
Y ahí es donde aparece la gran pregunta que deja el final de la etapa de Vicent Grimalt.
¿Ha cambiado realmente Dénia en estos once años?
La respuesta dependerá de quién la formule. Pero es difícil sostener que la ciudad haya experimentado una transformación estructural equiparable al tiempo que ha permanecido bajo el mismo liderazgo político.
Probablemente la historia recuerde a Vicent Grimalt como un alcalde próximo, accesible y eficaz en la gestión cotidiana. Un alcalde que supo estar cerca de los vecinos y atender sus problemas más inmediatos.
Pero también como un alcalde que no logró convertir once años de estabilidad política en una década de grandes transformaciones para Dénia.
Porque las ciudades no solo se construyen resolviendo incidencias. También se construyen levantando proyectos que permanecen cuando los alcaldes ya se han marchado.
Y esa sigue siendo, quizá, la gran asignatura pendiente de la Dénia que deja Vicent Grimalt.