Artículo de opinión Pepe Banyuls, ejecutiva del PP Calp
Capítulo 3. Ecosistema y Gobernanza.
La digitalización turística se ha convertido en el eslogan comodín de muchos ayuntamientos, suena moderna, queda bien en un titular y permite hacerse una foto delante de una pantalla. Pero un municipio no se vuelve “inteligente” por tener una app. Se vuelve inteligente cuando gobierna su turismo con datos, con reglas claras y con beneficios reales para vecinos y turistas. Y ahí es donde empieza la parte incómoda: la gestión política.
Un “Destino inteligente” no es solo tecnología decorativa. Es una decisión de modelo. Es elegir si queremos seguir con un turismo de volumen que satura servicios y precariza empleo… o construir un turismo que ordena el territorio, reparte mejor la riqueza y mejora la vida cotidiana.
El turismo deja señales por todas partes: ocupación de playas, movilidad, residuos, consumo de agua y energía, saturación de calles, tiempos de espera, incidencias. La pregunta es sencilla: ¿los medimos y actuamos… o los dejamos perder e improvisamos? Aquí viene lo más importante del asunto. Un destino no se define como “inteligente” por la cantidad de sensores que tiene instalados, sino por cómo gestiona la información que esos sensores nos pueden ofrecer.
No se necesita “más tecnología” por estética. Lo que realmente se necesita es un modelo de gobernanza digital que nos ofrezca:
• Información en tiempo real; aforos, transporte, eventos.
• Accesibilidad; idiomas, movilidad reducida, atención rápida.
• Servicios públicos conectados; playas, rutas, parkings, seguridad.
• Comercio local; accesible y visible desde el móvil.
Y me gustaría poner el foco aquí. En el comercio local.
Porque el turista planifica desde el móvil. Si el comercio local no está ahí, desaparece. Y si desaparece, el dinero se marcha fuera, a intermediarios y plataformas que no reinvierten en el municipio. El turismo ocurre en espacio público. Sus datos también deberían servir al interés público. Si los datos quedan encerrados en sistemas privados, el ayuntamiento pierde poder de gestión y capacidad de decisión. Y lo peor: el municipio paga dos veces. Paga por el servicio… y paga con su
dependencia.
Y sobre estos principios la gobernanza digital debe centrarse en:
1. Evitar la jaula tecnológica. Si cada solución es una pieza estanca y cada proveedor impone su ecosistema, acabamos con un puzle caro e inútil. La gobernanza inteligente exige estándares abiertos, plataformas conectables y contratos que eviten el “proveedor único” como trampa de futuro.
2. Seguridad. Seguridad y seguridad. Cuanto más digital, más vulnerable. Un fallo no es solo “un problema informático”, es también un problema de confianza. Proteger sistemas y datos no es opcional, es parte obligatoria del servicio público.
3. Compra pública inteligente No sirve adjudicar “lo más barato” y luego lamentarse. La compra pública debe premiar calidad, escalabilidad, mantenimiento, y sobre todo transferencia de conocimiento: que el municipio aprenda y no dependa.
4. Sostenibilidad real: menos PowerPoint, más indicadores “Ser sostenible” no es poner una hoja verde en un cartel. Es medir de verdad:
• Huella hídrica por temporada.
• Energía consumida por zonas.
• Residuos generados y reciclaje efectivo.
• Emisiones asociadas a movilidad turística.
La digitalización permite que la sostenibilidad sea verificable. Y eso cambia la política: porque ya no se discute el relato, se analizan los datos.
Por eso no es solo un tema técnico. Es principalmente un tema de gestión política. Y si vamos a hacerlo, hagámoslo bien: con visión, con soberanía y con beneficios que se noten en nuestras calles, no solo en el titular.